Santa Teresa de Ávila
Juan Rodriguez
Durante el largo trayecto en autobús de Madrid a Fátima (y viceversa), Rubén tuvo la brillante idea de que viéramos la serie televisiva sobre la vida de Santa Teresa de Ávila, protagonizada magistralmente por la actriz española Concha Velazco. Quedé hipnotizado con la vida de esta Santa, quien nació, por causalidad, un Miércoles de Pasión en el siglo XVI.
Cada escena de su vida y oración de sus poéticos y místicos escritos, me llegaron directamente al corazón. Además, las explicaciones que daba Rubén, quien detenía el DVD cada vez que lo estimaba conveniente para profundizar en algún asunto, iluminaron más la vida de esta amante de Jesús.
Semanas más tarde en Madrid, específicamente el día de mi cumpleaños, me pregunté qué me regalaría (sí, porque a los cuarenta y dos años es uno quien decide qué regalarse) para cerrar con broche de oro los seis ciclos de siete. Decidí que pasaría mi onomástico en Ávila, junto a las reliquias de Santa Teresa. ¡Qué mejor regalo!
Ese día me sentía muy enfermo. No podía comer, tenía los labios partidos y sentía fuertes dolores estomacales. Pero recordé que la Santa no dejó de fundar conventos, aún sintiéndose gravemente enferma. Me fortalecí con el espíritu de perseverancia, fortaleza y valentía de la Santa, y tomé mi tren rumbo a la sagrada ciudad de Ávila.
Cuando llegué al centro de la ciudad, me fui directamente a observar sus impresionantes murallas, construidas para su protección en el siglo XII. Subí sus incómodas escaleras para apreciar la espectacular vista. El calor era sofocante, lo que me ayudó a imaginar la fortaleza de la Santa recorriendo las áridas tierras de Castilla.
Dentro de la Iglesia de Santa Teresa, encontré una pequeña y hermosa capilla que marca el lugar donde estuvo su casa natal. Me sentí en el mismísimo cielo. El hermoso altar brilla con luz propia y la estatua de Santa Teresa irradia destellos de devoción y misticismo. Todo el lugar vibra con las cualidades de la Santa.
De allí salté a una pequeñísima sala de reliquias para contemplar el dedo de la mano derecha de la Santa, la suela de una de sus sandalias y su flagelo. Todo ésto exhibido de la manera más sencilla que uno pueda imaginarse.
Al entrar al Museo de Santa Teresa, lo encontré inundado de música celestial. Se me erizaron todos los pelos al recorrerlo, ya que la vibración de la Santa se me había ido metiendo en cada célula del cuerpo. Fue como estar en un gran templo, en el cual cada foto, estatua, afiche y periódico está cargado de santidad. Un museo sacro, sin duda alguna.
Llegar a la Iglesia de San José, donde se fundó el primer Convento de las Carmelitas Descalzas, no fue tarea fácil. Me perdí varias veces, y hasta descarté la idea de encontrarlo debido al cansancio. Santa Teresa era devota de San José, quien la había curado milagrosamente de una grave dolencia.
La iglesia original es pequeña, pero hermosa. Guarda lo que el tiempo no ha podido borrar. Aquí se puede apreciar la pequeña rejilla a través de las cuales las Descalzas se comunicaban con el mundo exterior. Es increíble pensar que este era el único contacto que tenían con el mundo al cual habían voluntariamente renunciado.
En la nueva iglesia observé el lugar en que estuvo el cuerpo incorrupto de la Santa por varios años, antes de ser devuelto a Alba de Tormes. El guía narró, para sorpresa de la joven pareja que nos acompañaba, cómo algunos devotos se llevaron partes de su cuerpo con el único deseo de tenerla cerca.
Tomé un taxi para llegar al Monasterio de la Encarnación, localizado fuera de la ciudad. Lo primero que vi fue un letrero advirtiendo que se requería estar en silencio. Pero al entrar, la sola atmósfera del lugar lo imponía.
Aquí se ordenó la Santa por primera vez a la edad de veinte años y escribió sus más místicas obras: “Camino de Perfección” y “Castillo Interior”. En la Catedral de Ávila, ya había contemplado algunas páginas originales de estos escritos que hicieron que el Papa Pablo VI la nombrara “Patrona de los Escritores Españoles”.
Me parecía mentira que semanas antes había visto la celda de la Santa en la serie televisiva y ahora me encontraba en el lugar real, rodeado de algunas de sus pertenecias y absorbiendo tanta santidad.
Al salir del Monasterio, el encargado de la tienda de recordatorios me preguntó si había visto los locutorios. Al decirle que no, me condujo hasta el lugar. Es indescriptible lo que sentí al detenerme en cada uno de ellos (son tres en total). Estos pequeños espacios guardan celosamente la radiación de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, quien fue el confesor del monasterio por aproximadamente cinco años.
En uno de estos locutorios, ambos tenían profundas conversaciones que llegaban al arrobamiento y la levitación. Aquí la Santa y el primer Carmelita Descalzo dejaban el espacio físico para conectarse con lo intangible. Por eso la energía que se siente es altísima.
De regreso a Madrid, me pregunté por qué había deseado tanto pisar Ávila. La respuesta fue fácil: me encantaría tener una pizca de la fe, la devoción, la perseverancia, la fortaleza, el humor y el genio de Santa Teresa.
Como las calles de Ávila estan impregnadas del espíritu de Santa Teresa, me fortalecí interiormente recorriéndolas. Me llené de deseos de seguir sirviendo, para lo cual hay que aprender a no rendirse ante la adversidad.
A través de sus conventos, Santa Teresa dejó parte de su vida en toda España; con su obra escrita recorrió el mundo que no la conocía; y en su natal Ávila, todavía se encarga de dejar una profunda huella en cada corazón humano que la visita.
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